El crimen organizado ya escaló al Terrorismo

El nivel de violencia que enfrenta el país, la capacidad bélica de los cárteles muestran que el crimen organizado ya escaló al nivel del terrorismo.

Para desafiar al Estado mexicano –inoperante e ineficaz –utilizan todo tipo de estrategias propias de los grupos terroristas en el mundo, como ocurrió en Colombia e Italia. Aquí sólo falta que derriben aviones comerciales y privados y dinamiten los clubes donde se reúne la clase política, empresarial y mafiosa para que se consolide el llamado Estado mafioso. No falta mucho y es posible que esto ocurra muy pronto si el gobierno de la Cuarta Transformación sigue durmiéndose en sus laureles y pensando que atacando “las causas” y no usando la fuerza la violencia terminará.

Por la ausencia de una estrategia real y efectiva contra el crimen organizado, la violencia ha escalado fuerte en el país y tiende a complicarse todavía más por la tibieza del gobierno de la Cuarta Transformación.

            Mientras Estados Unidos insiste en que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador defina una estrategia contra el crimen y hasta ayuda económica y militar le ofrecen, el gobierno mexicano se mantiene en su posición intransigente de que no se utilizará la violencia porque se están atacando las causas. Y esas causas, dice Andrés Manuel López Obrador, es quitarle la base social al crimen organizado.

            Esta postura está muy cuestionada, por donde se le mire.

            Y mientras no haya un combate real, el crimen organizado seguirá escalando a niveles más elevados. Actualmente, por ejemplo, los embates de los cárteles ya no son considerados como violencia criminal simplemente, todo lo contrario, el nivel bélico que utilizan es para considerar que ya estamos en la fase del narcoterrorismo.

            Sí, narcoterrorismo, como ocurrió en Colombia. La inacción oficial causó que el crimen en México subiera al menos dos peldaños en la escala, pues debido al poder del armamento que utilizan, la saña que exhiben y la capacidad de fuego y táctica que muestran, los cárteles ya pasaron a utilizar las herramientas del terrorismo para enfrentarse a las fuerzas del Estado, a sus rivales y lo peor es que con esos mismos instrumentos también atacan a la sociedad civil.

            El caso de Culiacán, el pasado 17 de octubre, puso de manifiesto este escenario, corroborado por otros hechos violentos más, como el multihomicidio de la familia LeBaron, en Chihuahua, presuntamente perpetrado por el grupo armado “La Línea”, brazo armado del cártel de Juárez.

            De acuerdo con la versión oficial, expresada por el secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, la causa posible de esta ejecución múltiple fue la confusión. ¿Confusión matar a tres mujeres y seis niños? Para los familiares de las víctimas, el crimen organizado utilizó este atentado para enviarle un claro mensaje al gobierno mexicano y restregarles en la cara quién manda en el territorio.

            Este nivel de violencia, de por sí elevado, sigue escalando. Y mientras el gobierno federal o actúe con las armas del Estado –Ejército, Policía, Fiscalía General de la República, aparatos de inteligencia y una estrategia clara –los decibeles de violencia seguirán aumentando. ¿Hasta dónde vamos a llegar o podemos llegar?

            Para responder esta pregunta es necesario echar una mirada a la experiencia internacional, Italia y Colombia, particularmente. En el país Sudamericano llegaron al narcoterrorismo. No fue suficiente con matar, asesinar multitudes, decapitar, mutilar cuerpos humanos. No. El cártel de Medellín, ante la atrofia del Estado Colombiano, preparó carros bombas que los hacían estallar en la vía pública, en comercios establecidos, en los negocios de los rivales y en las instalaciones de la Policía Nacional o del Ejército.

            No importaba si esos estallidos cobraban vidas inocentes. Nada importaba sólo generar terror y paralizar a las autoridades con miedo y con corrupción, dos armas letales que utilizó Pablo Escobar para defender sus intereses.

            Pero el narcoterrorismo también tiene niveles y conforme pasó el tiempo se fueron aumentando los alcances de esos actos terroristas. Fue entonces cuando se empezaron a dinamitar los clubes de los empresarios, sitios exclusivos donde se realizaban fiestas con políticos y mafiosos. Y ahí se colocaban granadas, dinamita o carros bomba y estallaban en plena convivencia, cuando los asistentes estaban borrachos, drogados y acompañados por las damiselas de la vida galante.

            No fue todo. También derribaron aviones privados y comerciales. Esto fue el signo más alto, el que puso a pensar a todos sobre la necesidad de cambiar las reglas del juego porque Colombia se volvió un territorio invivible incluso hasta para los propios mafiosos.

            Los embates de los cárteles ya no se tipificaron como actos criminales sino de terrorismo y así Colombia pudo disponer de ayuda internacional –económico, militar y en estrategia antimafia –para desactivar el llamado Estado mafioso porque, en realidad, eso era Colombia: los presidentes de ese país, desde los años sesenta, fueron financiados por los cárteles, de tal suerte que el principal capo del país era el presidente de la República.

            Las leyes tuvieron que cambiar, ser más duras y abrir las puertas para las extradiciones de narcotraficantes hacia Estados Unidos, donde sí son juzgados los criminales.

            Esta es la experiencia Colombiana, a grandes rasgos.

            Y este escenario, por desgracia, ya está ocurriendo en México. La diferencia entre Colombia y México no radica en el nivel de violencia. Estamos casi al parejo. Pero hay una diferencia enorme en la forma de atacar el problema: en Colombia se repuso la fuerza del Estado para actuar y se reforzó todavía más con la ayuda internacional. Reconocieron, en principio, que solos no podían con el problema.

            El crimen organizado estaba demasiado arraigado entre las sociedad, en la política y en la clase empresarial. Todo esto tuvo que ser desactivado. Le quitaron el dinero a los mafiosos para debilitar su capacidad de respuesta.

            En México, sin embargo, eso no ocurre a pesar de que están a la vista los actos de terrorismo. La ayuda internacional puede llegar, pero México tiene que pedirla y tipificar los eventos criminales como actos terroristas. Los capos de la droga sí persiguen un ideal: apoderarse del territorio, dominar al Estado y gobernar. Ese es su objetivo y lo están logrando: más del 80 por ciento del territorio nacional ya está gobernado por los criminales.

            Y pese a ello, el presidente López Obrador sigue con su postura blandengue de que están atacando las causas y que no habrá violencia contra el crimen “porque los capos también son pueblo”.

            El gobierno de Estados Unidos ha manifestado su preocupación por la situación de México. Ya le ofrecieron a México ayuda económica y militar, pero el presidente sigue pensando que su gobierno puede sin ayuda internacional. La cabezonería se paga muy cara.

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Ricardo Ravelo

Ricardo Ravelo es periodista desde hace 32 años. Fue reportero del semanario Proceso, donde cubrió la fuente policiaca y los temas relacionados con el crimen organizado. Es autor de diez libros en los que aborda el explosivo flagelo del narcotráfico.

Entre otros títulos, ha publicado Herencia Maldita (Grijalbo 2006); Narcomex (Debate 2012); Osiel: Vida y tragedia de un capo (Grijalbo 2009); En Manos del Narco (Ediciones B 2017); Los Zetas, La Franquicia Criminal (Ediciones B 2014); Ejecuciones de periodistas: Los Expedientes (Grijalbo 2017) y Los Incómodos I y II (Planeta 2018). Ha sido conferencista en España, Brasil, Perú y Estados Unidos.

Actualmente es director editorial del portal de noticias Contactopolítico.com y columnista del diario electrónico SinEmbargo.com.mx

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