Para reflexionar: Las enseñanzas del COVID-19

De pronto el mundo se paralizó. Un virus, el COVID-19, presuntamente producto de la guerra entre China y Estados Unidos, detuvo al planeta y a los seres humanos  –quienes no somos más que parte de la vida orgánica–. Y nos vemos en la necesidad de encerrarnos en nuestras casas para evitar el contagio personal y de otras personas.

La vida social se deprimió en todo el mundo. Los teatros, cines, plazas públicas y cerradas bajaron sus cortinas. Los restaurantes, bares, cantinas y trattorias cerraron sus puertas. “Sólo hay servicio para llevar”, rezan las leyendas colocadas a la entrada de restaurantes. Ninguna persona puede ingresar, pues de hacerlo los dueños de los negocios son multados.

No queda más lugar que la casa, el espacio cerrado, viendo los rostros de la esposa, los hijos y los abuelos, a los que quizá veíamos de vez en cuando y ahora los tenemos que ver aunque nos aburramos o querramos estar con los amigos, dispersos en el limbo. Pero está prohibido salir. La radio y la televisión bombardean con el insoportable “quédate en casa”.

Todo esto, sin duda, es una lección de vida. De ser un virus mortal, el COVID-19 nos trae también muchas enseñanzas; aprendizajes que, quizá, no hemos valorado en otras circunstancias. Se nos ha olvidado lo esencial: el amor por la familia, por los viejos abuelos, por los hijos, fruto del amor que depositamos en nuestra pareja.

Aunque cueste trabajo, hay que verle el lado positivo a este momento trágico. Por todas partes hay muertos, en unos países más que en otros, dependiendo de las condiciones económicas y sociales de cada nación. Pero a la pandemia hay que sacarle una ganancia y esa se llama aprendizaje.

 

¿Qué debemos aprender de la pandemia?

Mucho. Debemos aprender a estar con nosotros mismos, a vernos, a recapacitar en nuestros actos y a valorar que la vida tiene sentido a pesar de todo lo que está ocurriendo.

Este es un momento muy difícil desde el punto de vista social y humano, pero no es el final. Si cada uno de nosotros reflexionamos respecto de lo finito y vulnerable que somos; si reparamos en la muerte, en el momento de nuestra muerte, que puede llegar en cualquier segundo, en realidad le sacaríamos más provecho a la vida y viviríamos la realidad y no lo que imaginamos o deseamos; porque eso no es la realidad.

El deseo genera sufrimiento, la aceptación trae consigo paz interior. No podemos vivir pensando en lo que no tenemos y olvidarnos de lo que realmente tenemos. Eso es vivir en la fantasía, es decir, en el vacío y en la nada, de ahí el sufrimiento. Decía Peter Ouspensky –célebre filósofo ruso y autor del libro “El Cuarto Camino”– que el 98 por ciento del sufrimiento humano es imaginario. Sufrimos por todo, hasta por lo que no ha ocurrido. El hombre, apunta Ouspensky, puede renunciar a todo, a cualquier placer; menos al sufrimiento.

Nos da miedo la muerte. Pero la muerte no es tragedia: es un verdadero acontecimiento. Ovidio decía que la muerte es como un sueño. A la muerte no hay que verla como lo más trágico: la muerte es parte de la vida y es un proceso que todos vamos a enfrentar. Por eso esta experiencia vivida con el COVID-19 no debe asustarnos: debemos aprovechar la ocasión, este momento, para acomodar nuestra vida, serenar nuestra mente, reflexionar sobre lo que hemos hecho bien, lo que hemos hecho mal; y las consecuencias de nuestros actos.

El mundo no tendrá una solución para todos al mismo tiempo. La solución a muchos problemas empiezan con lo que hagamos nosotros mismos en lo personal. El cambio es personal. Debemos trabajar con nuestra conciencia y abrirnos al crecimiento humano. A esa belleza que todos los seres humanos tenemos dentro. Descubrir nuestras debilidades y nuestras fortalezas y darnos cuenta que el sentido de la vida no está en acumular bienes materiales sino en el amor, en lo más simple, en lo sencillo, en el vacío –de acuerdo con las enseñanzas del pensador chino Lao Tse–. De este sabio se puede citar prácticamente todo lo que expresó y pensó, sobre todo en su obra cimera, el “Tao Te Ching”, uno de los pilares filosóficos de la cultura universal de procedencia oriental.

Entre sus varias concepciones planteaba que: “Quien pretende el dominio del mundo y mejorar éste, se encamina al fracaso”. También nos regalaba su erudición al enunciar: “Aquel que obtiene una victoria sobre otro hombre, es fuerte, pero quien obtiene una victoria sobre sí mismo, es poderoso”. Para  luego ratificar esta verdad: “Quien no es feliz con poco, no lo será con mucho”. Con lo que apela a la importancia de lo austero y adiciona: “Deja de pensar y termina con tus problemas”. Hasta aconsejarnos sobre cómo mirar al mundo desde nuestra individualidad: “Observa todo lo blanco que hay en torno tuyo, pero recuerda todo lo negro que existe”.

Estos tiempos difíciles –y de encierro obligatorio– son para reflexionar sobre nuestras vidas, para aterrizar en nuestras respectivas realidades. Quien soy, de dónde vengo, a dónde voy… son preguntas que el hombre debe hacerse permanentemente. El conocimiento de sí mismo es y ha sido, a través del tiempo, el trabajo más importante que el ser humano ha realizado y debe realizar en la vida. No se trata de poner la mirada en los otros. No. Se trata de mirarnos, escudriñarnos, conocernos y aprender a cada instante de nosotros mismos.

Es cierto que hoy está prohibido viajar. Es irresponsable hacerlo porque el riesgo de contagio y de muerte es elevado. Pero bien podríamos experimentar un viaje interior: la autoexploración, para repasar nuestra historia de vida, nuestros actos bellos, nuestras fallas; y llamarnos a cuentas para corregir lo que no nos guste de nosotros. Respecto a los otros, nada más podemos hacer que brindarles cariño.

Para las parejas, sin duda es un momento difícil. Sobre todo para aquellas que no han construido una buena relación y ahora deben convivir, aunque no quieran, todos los días y por tiempo indefinido juntos. Es momento de preguntarnos, entonces: ¿para qué quiero una pareja? ¿Para que me haga feliz? ¿Para que se ocupe de mi? No, para eso no es una pareja.

La pareja no tiene la responsabilidad de hacer feliz a nadie, ni de procurar el bienestar de nadie. La felicidad, el bienestar, es un trabajo estrictamente personal, no depende del marido, ni de la esposa, ni de los hijos. Sólo de nosotros.

Y esa construcción sobre nosotros mismos nos hace diferentes, pero para lograrlo es imprescindible observarnos. Se requiere atención, atención y atención sobre nosotros mismos, sobre nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros actos. Pero sin juzgarlos. Sólo observar y observar. Así se va uno conociendo. Y este trabajo es permanente, a cada instante, caminando, hablando con los otros, en todo momento no debemos dejar de observarnos.

También podemos escribir nuestros pesares, llenar hojas y hojas con todo el sufrimiento que llevemos dentro, nuestras experiencias dolorosas o no; y luego leer. Así se aprende también de todo lo que se mueve en nuestro interior.

Este trabajo de autoconocimiento –sin duda– es más importante que la evasión ante el televisor. La televisión, sino toda, es poco constructiva: mucho de ella divide la atención, nos separa de los otros y, peor aún, nos aleja del contacto interior. Hay que ser muy selectivos a la hora de ver un programa, ser exigentes con los contenidos y no fugarse de la realidad. La mejor diversión es hacer contacto a cada momento con nuestra realidad, con nosotros mismos, y aceptar lo que tenemos y lo que vivimos. Si nos oponemos a esa corriente, sufrimos; pero si aceptamos, fluimos.

Quizá podamos hacer muy poco por los demás en estos tiempos trágicos; pero podemos hacer mucho por nosotros mismos. Estos son tiempos de autorresponsabilidad y de crecimiento interior.  Aprovechemos el tiempo. No hacer nada puede ser constructivo. No hacer nada no significa perder el tiempo: es una forma de hacer algo. No hacer nada permite abrir la mente a lo maravilloso, lanzar preguntas al universo, perdonarnos por los actos que hemos hecho y nos han golpeado la conciencia.

Si algún desarrollo puede alcanzar el ser humano está en el crecimiento de su conciencia. Eso lo hará diferente. Por eso considero que, a pesar de las muertes y del miedo, el COVID-19 nos ofrece una parte no negativa: porque nos invita a crecer como seres humanos y ser más conscientes de nuestras realidades. No todo lo considerado comúnmente negativo es negativo, reza una máxima importante. El trabajo sobre la conciencia empieza con la auto-observación permanente. Si nos vemos a nosotros mismos vamos aprender más que mirando hacia afuera, donde la otra realidad sólo distrae y sume al ser humano en el más profundo de los letargos.

 

Rate this item
(0 votes)
Ricardo Ravelo

Ricardo Ravelo es periodista desde hace 32 años. Fue reportero del semanario Proceso, donde cubrió la fuente policiaca y los temas relacionados con el crimen organizado. Es autor de diez libros en los que aborda el explosivo flagelo del narcotráfico.

Entre otros títulos, ha publicado Herencia Maldita (Grijalbo 2006); Narcomex (Debate 2012); Osiel: Vida y tragedia de un capo (Grijalbo 2009); En Manos del Narco (Ediciones B 2017); Los Zetas, La Franquicia Criminal (Ediciones B 2014); Ejecuciones de periodistas: Los Expedientes (Grijalbo 2017) y Los Incómodos I y II (Planeta 2018). Ha sido conferencista en España, Brasil, Perú y Estados Unidos.

Actualmente es director editorial del portal de noticias Contactopolítico.com y columnista del diario electrónico SinEmbargo.com.mx

Tweets al momento

Tijuana: Operadores de Gastélum Buenrostro aprovechan pandemia para defraudar. https://t.co/KHe2O09uoX @Rravelo27
Andrés Manuel: Traiciona A Técnicos y Profesionistas de Pemex. https://t.co/CtclKUa1wE via @Rravelo27
Osvaldo Martínez Gámez, enloquecido por su cargo de regidor en el ayuntamiento de Xalapa planea el asesinato de la… https://t.co/2mqRfFXdVV
¡Perversos!... ¡Sucios¡... ¡Incrédulos!... ¡Uuuleros!... Es Un Honor... Es un... https://t.co/QfMSqBefVk
Follow Contacto Político on Twitter